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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 
Capítulo 2 

E\ misterio de su Deidad 



¿Q 



"E indiscutiblemente, grande es el misterio de la pie- 
dad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el 
Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, 
creído en el mundo, recibido arriba en gloria" 

(1 Timoteo 3:16). 

ué significa esta declaración? ¿Por qué habla del "misterio de 
la piedad" y no, más bien, del "misterio de Dios"? ¿Y a qué 
se refiere cuando dice que esta persona ha sido vista "de los 
ángeles"? ¿Qué los ángeles en el cielo no ven siempre la faz 
de Dios? (Mateo 18:10). ¿Por qué fue tan importante que los 



ángeles lo vieran? 

Lo que estamos tratando aquí es el misterio de un hombre que es Dios : extraor- 
dinario concepto en el pensamiento humano. En palabras del teólogo y erudito 
en religiones comparadas, Ernest Valea, "las únicas religiones que admiten una 
verdadera encarnación de la Realidad Ultima en forma humana y la consideran 
muy importante ni su teología son el hinduismo vaishnava y el cristianismo. 
Ambos asumen que Dios descendió al mundo y habitó entre los seres humanos 
con el propósito de salvarlos". 

Valea nota varias diferencias entre las dos religiones. Entre ellas, las siguientes: 

1. A diferencia del evento singular de la encarnación del cristianismo, "el 
hinduismo vaishnava atribuye diez encarnaciones (avalares) al dios Vish- 
nu..." 

2. Estas encamaciones no son específicamente humanas, algunas han ocurrido 
en forma de animales. 

3. "En el hinduismo vaishnava ninguno de los avatares tiene una 
unión perfecta de las dos naturalezas". Es porque en el hinduismo el cuerpo 

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físico es considerado "una mera vestidura que se pone y se quita", haciendo 
así imposible que haya cualquier "asociación real del dios con un cuerpo 
físico". 

4. Ninguna de las encarnaciones hindúes tiene, por tanto, una base histórica. ' 

Pero el cristianismo se mantiene de pie o cae con la historicidad de Jesús. La 
encarnación "irrumpe en la historia presentando a Jesucristo como el Dios- 
Hombre histórico que nació, vivió y murió hace casi dos mil años. Si su vida 
no fuera un evento histórico singular, toda su enseñanza sería absurda. Si sa- 
camos de la historia sus pretensiones, milagros, pasión y resurrección, no le de- 
jamos nada al cristianismo". ^ 

Considero que las valoraciones de Valea están perfectamente enfocadas, y para 
mí significan que el cristianismo es la única religión del mundo que tiene un 
verdadero misterio entre manos. Porque proclama la extraordinaria pretensión 
de que la persona histórica llamada Jesús de Nazaret, una figura que (como to- 
dos los historiadores serios concuerdan) vivió en realidad en Palestina hace dos 
mil años, fue al mismo tiempo Dios encarnado, el Dios eterno en carne huma- 
na. "Fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu [...] recibido arriba en 
gloria" (1 Timoteo 3:16). 

Una enorme cantidad de energía erudita se ha invertido a través de los siglos en 
el esfuerzo por empequeñecer la figura de Jesús, y las afirmaciones de su dei- 
dad que aparecen en el Nuevo Testamento no se han llevado bien con el racio- 
nalismo, ni siquiera con el cristianismo. Sin embargo, esta es la definida posi- 
ción de la Escritura como Un todo, y del Nuevo Testamento en particular. 

Ecos en el Antiguo Testamento 

En el libro del Génesis escuchamos acerca de una misteriosa "simiente", un 
descendiente de "la mujer", quien un día "aplastaría" la cabeza de aquella ser- 
piente simbólica (Génesis 3:15). Es una promesa repetida al patriarca Abraham, 
aunque en un contexto diferente (Génesis 22:18) y más tarde aplicada por Pa- 
blo a Cristo y su obra: "Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a 
su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como 
de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo" (Gálatas 3:16). Conclusión: Jesús es 
aquel Mesías divino largamente esperado. 



Ernest Valea, "The Divine incarnation in Hinduism and Clirístianit/ 
http://www.comparativereligion.com/avatars.html (consultada el 27 de diciembre de 2006). 
^ Ibíd 

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Y si Jesús fue el cumplimiento de aquella profecía críptica de Isaías, entonces, 
ciertamente, era Dios. Dijo el antiguo profeta: "Porque un niño nos es nacido, 
hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Ad- 
mirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz" (Isaías 9:6). 

Aquellas trascendentes palabras nos dejan sin aliento. Nos transportan a un re- 
ino diferente, y sabemos, instintivamente, que nunca podrían aphcarse a un ser 
humano ordinario. Hablan, después de todo, de un niño que es, además. Dios 
Fuerte y Padre Eterno. Señalan a una extraordinaria personalidad, única, no so- 
lo en la historia humana, sino también (si queremos decirlo así) en la historia 
del universo. Son tan asombrosamente exorbitantes, como para carecer to- 
talmente de sentido si no son verdaderas. Pero, si son verdaderas, contienen un 
misterio que está completamente más allá de lo que la mente humana puede 
comprender. 

Y existen otras declaraciones del Antiguo Testamento que señalan a este asom- 
broso fenómeno. Miqueas, quien era contemporáneo de Isaías, habló de alguien 
que iba a nacer en Belén Errata "cuyas sahdas son desde el principio, desde los 
días de la eternidad" (Miqueas 5:2). 

¡Si usted piensa que Miqueas tuvo dificultades para expresarse aquí, entonces 
póngase en su lugar e imagínese tratando de describir el asombroso fenómeno 
del Dios del universo viniendo en carne humana a una aldea local de su propio 
país! ¿Qué lenguaje podría utilizar una persona para expresar este misterio que 
nubla la mente y clausura el entendimiento? Yo creo que Miqueas hizo lo me- 
jor que pudo, y cualquier problema que tengamos con el texto surge del hecho 
de que el tema en cuestión es, simplemente, demasiado grande para que las pa- 
labras humanas puedan expresarlo. 

El testimonio del Nuevo Testamento 

Al llegar al Nuevo Testamento encontramos a Mateo, el primer libro, volvien- 
do al Antiguo Testamento para enfocar el mismo misterio divino. Refiriéndose 
al nacimiento del Cristo niño, dice: "Todo esto aconteció para que se cumpliese 
lo dicho por el Señor por medio del profeta cuando dijo: 'He aquí, una virgen 
concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido 
es: Dios con nosotros'" (Mateo 1:22-23, cf. Isaías 7:14). Y Lucas reporta las pa- 
labras del ángel a la joven virgen Mana: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el 
poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual el Santo Ser que na- 
cerá, será llamado Hijo de Dios" (Lucas 1:35). 



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Los creyentes primitivos que proclamaron por primera vez este extraordinario 
mensaje no fueron un puñado de incultos e ignorantes aldeanos. Sin debatir el 
asunto o tratar tenazmente de explicarlo, de todos modos comprendían algo de 
su complejidad. Yendo directamente contra los buscadores de sabiduría de su 
tiempo, el apóstol Pablo declaró: "Porque los judíos piden señales, y los griegos 
buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos 
ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así 
judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios" (1 Corintios 
1:22-24). 

La referencia a Jesús como "piedra de tropiezo" va más allá de la superficie de 
las palabras mismas. Pablo no estaba describiendo a Jesús simplemente como a 
un cierto tipo de fastidio o impedimento para los judíos. Más bien, atacó direc- 
tamente el mismo corazón de lo que había hecho a Jesús objetable para su pro- 
pio pueblo, es decir, su pretensión de ser el Mesías y de ser Dios. Estos eran los 
puntos centrales de la controversia entre Jesús y el establishment judío, y llegó 
a su climax en la sala del tribunal de un gobernador romano al final de su mi- 
nisterio. 

De pie, ante Pilato, y haciendo frente a la más seria acusación que los judíos 
podían lanzar contra él, Jesús siguió guardando silencio: "Pero Jesús no le res- 
pondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho" 
(Mateo 27:12-14). Profundamente impresionado, Pilato había buscado los me- 
dios para ponerlo en libertad, solo para encontrar la más tenaz resistencia de 
parte de los dirigentes judíos y de la multitud. 

Luego el incidente, mencionado solo por Mateo: Mientras el gobernador estaba 
sentado en el tribunal, recibió una nota urgente enviada por su esposa. ¡Esto 
habla de un intenso drama! 

Comentando este incidente, Elena G. de White escribió lo siguiente: "En res- 
puesta a la oración de Cristo, la esposa de Pilato había sido visitada por un 
ángel del cielo, y en un sueño había visto al Salvador y conversado con él. La 
esposa de Pilato no era judía, pero mientras miraba a Jesús en su sueño no tuvo 
duda alguna acerca de su carácter o misión. Sabía que era el príncipe de Dios. 
Le vio juzgado en el tribunal. Vio las manos estrechamente ligadas como las 
manos de un criminal. Vio a Heredes y sus soldados realizando su impía obra 
[...]. Vio a Cristo sentado sobre la gran nube blanca, mientras toda la tierra os- 
cilaba en el espacio y sus homicidas huían de la presencia de su gloria. Con un 
grito de horror se despertó, y enseguida escribió a Pilato unas palabras de ad- 
vertencia [...]. Mientras Pilato vacilaba en cuanto a lo que debía hacer, un men- 
sajero se abrió paso a través de la muchedumbre y le entregó la carta de su es- 
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posa que decía: 'No tengas que ver con aquel justo; porque hoy he padecido 
muchas cosas en sueños por causa de él'". 

Con la críptica advertencia en sus manos, Pilato hizo todavía mayores esfuer- 
zos para encontrar una forma de librarse de la responsabihdad de juzgar a 
Jesús; pero "los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según 
nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios" (Juan 19:7). 
La expresión "Hijo de Dios" (huios theos) era una frase técnica cuyo significa- 
do no se le escapó a Pilato. Comprendió que aquella frase implicaba el origen 
divino de la persona que habían presentado delante de él. Despertado por la pe- 
culiar acusación, "tuvo más miedo. Y entró otra vez en el pretorio", para pre- 
guntarle a Jesús: "¿De dónde eres tú?" (Juan 19: 8). 

No era una pregunta que podía contestarse con una respuesta como: "De Naza- 
ret, de Jerusalén, o de Atenas". No, uno siente que aquí se pregunta algo más 
profundo. Y aunque no podemos saber la respuesta particular que Pilato espe- 
raba, su intención parece clara. Quería evaluar la respuesta de Jesús contra el 
fondo de la extraordinaria acusación hecha por lo judíos de que esta persona 
"pretendía ser el Hijo de Dios". 

Pilato nunca obtuvo la respuesta que buscaba. Pero los judíos ya la sabían. Por- 
que en algún momento en las últimas horas del jueves o las primeras de aquel 
viernes, el sumo sacerdote había confrontado a Jesús con una pregunta directa, 
bajo el más solemne protocolo del sistema legal judío: "Te conjuro por el Dios 
viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios" (Mateo 26:63). La 
respuesta de Jesús, de igual solemnidad, siguió inmediatamente: "Tú lo has di- 
cho; y además os digo que desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la 
diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo" (Mateo 26:64). 

Al admitir que era el Hijo de Dios (o el "Hijo del hombre": otra expresión llena 
de significado con respecto a la persona y naturaleza de Jesús), comprendió (y 
sabía que sus oyentes comprendían) el pleno significado de aquella reivindica- 
ción. En Juan 10, después de referirse a Dios como "mi Padre", declarando "yo 
y el Padre uno somos"; los judíos se dispusieron a apedrearlo. "Por buena obra 
no te apedreamos", le dijeron, "sino por la blasfemia; porque tú, siendo hom- 
bre, te haces Dios" (Juan 10:29-33). 

La evidencia de la deidad de Cristo en los Evangelios y en el resto del Nuevo 
Testamento es simplemente abrumadora, demasiado para hacerla caber en este 
espacio. "Antes que Abraham fuese, yo soy", les dijo Jesús a las autoridades re- 



Elena G. de White, £/ Deseado de todas las gentes, pp. 680, 681 . 

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ligiosas (Juan 8:58), invocando la sagrada designación de Dios en el Antiguo 
Testamento (véase Éxodo 3:13-14). "Hijo, tus pecados te son perdonados", le 
dijo al paralítico. Y Marcos da la razón por la cual lo dijo: quería que los diri- 
gentes de los judíos supieran "que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra 
para perdonar pecados" (Marcos 2:5-10). 

Del mismo modo tenía autoridad para recibir adoración. Después de mostrarle 
a Tomás las evidencias de su resurrección, el hasta allí escéptico discípulo ex- 
clamó: "¡Señor mío, y Dios mío!" (Juan 20:26-28). Aquello era adoración. 
Jesús lo sabía. Y la aceptó (cf. Juan 9: 35-38). Los demonios lo reconocieron. 
Dijo uno de ellos: "Sé quién eres, el Santo de Dios" (Marcos 1:23-25, 34). Algo 
había en él que les dijo a los agentes del abismo que ya lo habían visto antes. 

Algunas de las afirmaciones más fuertes de la deidad de Jesús en el Nuevo Tes- 
tamento provienen del apóstol Pablo, oponente formidable anterior de la misma 
idea. En una extensa declaración de la ira de Dios en el capítulo 2 de Romanos, 
Pablo acusó a aquellos que habían cambiado "la verdad de Dios por la mentira, 
honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito 
por los siglos, amén" (Romanos 1:18-25). Está hablando, por supuesto, de 
aquel al que llamamos, normalmente, "Dios el Padre", y lo que notamos es que 
cuando llega al capítulo 9, aplica el mismo lenguaje a Jesús. "De quienes son 
los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre 
todas las cosas, bendito por los siglos. Amén" (Romanos 9:5). Estas palabras 
constituyen una de las más inesperadas y claras afirmaciones del Nuevo Tes- 
tamento con respecto a la deidad de Jesús. 

Pero nadie es más claro que Juan: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era 
con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las co- 
sas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho" 
(Juan 1:1-3). 

Más allá del Nuevo Testamento 

En los siglos posteriores al Nuevo Testamento la iglesia habría de luchar con 
las implicaciones de este asombroso misterio. ¿Cómo podrían coexistir la 
humanidad y la divinidad en la misma persona? Y la historia de la iglesia cris- 
tiana está llena de aquellos que encontraron que tan extraordinario concepto era 
demasiado para tragárselo sin discusión. 

Los gnósticos de los primeros siglos no fueron más que la primera oleada de 
objetares que atravesaría los siglos, hasta hoy. Pero aunque las preguntas serían 
directas e incisivas, lo que vemos en los primeros siglos son las turbulencias de 

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un debate, por lo general, dentro de una atmósfera de fe y reverencia. Fueron 
los pensadores cristianos luchando para comprender conceptos que, básicamen- 
te, ya creían. 

Pero, como mencionamos en el capítulo anterior, todo esto cambiaría a partir 
del Siglo de las Luces, en los siglos XVII y XVIII, cuando se desarrolla la idea 
de que "había elementos en el concepto que la iglesia tenía de Jesús que, cuan- 
do se los examinaba críticamente, no eran más que embellecimientos posterio- 
res". Y la idea era que "al quitarlos, se revelaría una figura diferente, quizá, in- 
cluso contradictoria a" lo que el cristianismo tradicional siempre había creído 
que era. 

Fue en esta atmósfera donde nació la llamada "Búsqueda del Jesús histórico". 
Fundamentalmente, fue un esfuerzo por empequeñecer a Jesús, por presentarlo 
como lo que los eruditos de esta escuela pensaban que era: un hombre ordinario 
que tenía dones extraordinarios. 

La historia de todo ese período está saturada de eruditos luchando entre ellos 
para captar lo que cada uno consideraba ser el retrato más verdadero y más re- 
alista de Jesús. Y la influencia del movimiento se extendió, llegando más allá 
de los círculos académicos, a la sociedad en general. Incluso un presidente de 
Estados Unidos entró en acción: Thomas Jefferson, el tercer presidente de la 
nación. Su idea era modificar el texto de los Evangelios para que se conforma- 
ran a los principios del Siglo de las Luces, resultando en lo que llegó a co- 
nocerse como "La Biblia Jefferson". 

En la Biblia Jefferson, dice Marilyn Mellowes, "no hay historia de la anuncia- 
ción, el nacimiento virginal o la aparición de los ángeles a los pastores. La re- 
surrección ni siquiera se menciona". Lo que Jefferson pensó que había encon- 
trado era "un gran maestro de Sentido Común. Su mensaje fue la moralidad del 
servicio y el amor absoluto. Su autenticidad no dependía del dogma, y de la 
Trinidad, ni siquiera de la pretensión de que Jesús había sido singularmente 
inspirado por Dios". * 

El "evangelio" de Jefferson termina así: "En el lugar donde fue crucificado hab- 
ía un jardín; y en el jardín un sepulcro nuevo, en el cual nadie había sido pues- 



Allan Richardson, ed., A Dictionary ofChristian Theo/ogy (Filadelfia: The Westminister Press, 1í 
176. 

' http://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/shows/religion/jesus/jefferson.html 
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to. Allí colocaron a Jesús y rodaron una gran piedra a la puerta del sepulcro y 
partieron". 

En su celebrada obra, The Quest ofthe Historical Jesús (ya mencionada), Al- 
bert Schweitzer desacreditó la miope filosofía de este movimiento que había 
tenido tanta influencia sobre la erudición en el período anterior. Pero incluso 
así, la tendencia en esa dirección continúa en nuestro tiempo, y muchos en- 
cuentran más aceptable admirar a Jesús en el nivel humano, verlo como uno de 
nosotros. Extremadamente dotado, pero no una personalidad celestial, y espe- 
cialmente, no una deidad. 

El controvertido teólogo norteamericano Jack Spong, en la primera de sus "do- 
ce tesis", arguye que "El teísmo, como una forma de definir a Dios, está muer- 
to". "Dios", dice, "ya no puede ser comprendido [...] como un Ser, sobrenatural 
en poder, morando en el cielo y preparado para invadir la historia humana pe- 
riódicamente para imponer la voluntad divina". Y "siendo que Dios ya no pue- 
de ser concebido en términos teísticos", dice en su segunda tesis, "llega a ser 
absurdo el intento de comprender a Jesús como la encarnación de la deidad 
teística. De modo que la cristología de los siglos está en bancarrota". ' 

No obstante estas negaciones, nunca debemos perder la admiración por este 
gran misterio: Que Aquel que vivió entre nosotros hace unos dos mil años era 
el Dios eterno. "Precisamente cómo sucedió esto", dice el Arzobispo de Can- 
terbury, Rowan Williams, "es un misterio sobre el cual la iglesia debe ser re- 
servada". "Aclarar todo eso", dice, "es un trabajo de pesadilla que nadie ha 
hecho nunca en realidad". * 

Sin embargo, mientras Williams luchaba con este impenetrable enigma, le pa- 
reció que él mismo iba a la deriva, definiendo la encarnación como "una vida 
humana que no pone obstáculos a la actividad de Dios en ningún tiempo". ' Al 
decirlo así parece estar llegando a un racionalismo que niega lo sobrenatural. 
Esto se hizo más claro en 1998 en una respuesta a Jack Spong. De acuerdo con 
Wilhams, el cristianismo histórico "no dice que el Dios 'teístico' (i. e. un indi- 



http://www.angelfire.com/co/JeffersonBible/jeffbl7.html (consultada en noviembre de 2006; la página ya 

no existe). 
http://www.adherents.com/largecom/epis_12theses.html (consultada el 28 de diciembre, 2006) 
Citado en Rupert Short, Rovjan Williams: An Introdudion (Harrisburg, Pennsylvania: Morehouse Publish- 

ing 2003), p. 84. 

' Citado en Ibid. 

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viduo divino que vive fuera del universo) se convierte en miembro de la raza 
humana". '° 

Pero es esa, precisamente, la querella del Nuevo Testamento, el cual en forma 
práctica considera a Jesús como Dios, y objeto apropiado para la adoración y la 
veneración. La Palabra, que era Dios, se hizo carne, dice Juan. "Y vimos su 
gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Juan 
1:14). Y Pablo (en la referencia citada arriba) después de trazar el linaje huma- 
no de Jesús hasta los patriarcas, inmediatamente hace la escandalosa afirmación 
de que él es "Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre" (Romanos 9:5). 
Y considere la extremada audacia de la propia respuesta de Jesús a Felipe 
cuando este le pidió que les mostrara al Padre: "¿Tanto tiempo hace que estoy 
con vosotros, y no me has conocido, Felipe?, el que me ha visto a mí ha visto al 
Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?" (Juan 14:9). 

En ese mismo capítulo Jesús diría un poco más tarde "voy al Padre", haciendo 
así una clara distinción entre él y otra personalidad divina. Pero aquí en 14:9 
quiere enfatizar claramente que la persona a quien Felipe le estaba hablando 
pertenecía, esencialmente, a otro reino; que había venido desde el mismo co- 
razón de la Deidad; que él era el que el antiguo profeta tenía en mente cuando 
habló de un "Niño", "un Hijo", que al mismo tiempo es "Dios Fuerte" y "Padre 
Eterno" (Isaías 9:6). 

Fue contra este fondo de tan trascendentes reahdades que Pablo escribió las pa- 
labras de 1 Timoteo 3:16, citadas al principio de este capítulo. Muchos las ven 
como un himno cristiano primitivo de la encarnación, refiriéndose primero, y 
antes que todo, al fenómeno de Jesús viniendo en carne humana ("él apareció 
en un cuerpo"). Continuando, dice que Jesús fue "justificado en el Espíritu", re- 
firiéndose, creo yo, a la ocasión de su bautismo, cuando el Espíritu descendió 
sobre él como paloma y la voz del Padre expresó su complacencia en él (Mateo 
3:17). El himno, entonces, se refiere a Jesús como siendo "visto por los ánge- 
les", refiriéndose a los ángeles que lo encontraron en una luz totalmente dife- 
rente, en un estado en el que nunca antes lo habían visto. Fueron testigos de sus 
necesidades, sus tentaciones, sus sufrimientos. Lo vieron en las garras de la po- 
breza y la necesidad; rechazado y afligido. Y, finalmente, durante su pasión, lo 
vieron como el Siervo sufriente de Dios, una realidad completamente nueva pa- 
ra ellos. ¡Impensable! Este mensaje de la cruz, de acuerdo con este antiguo 
himno, no pertenece solo a los judíos, sino a todos los pueblos, de aquí la de- 
claración de que Cristo fue "predicado a todas las naciones", su mensaje en- 

Rowan Williams, "No Life here— no joy, terror or tears,"Church", Times, 1 7 de julio de 1998. Citado en 
Rupert Short, Ibid, p. 85. 

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cuentra aceptación mucho más allá de los estrechos confines del mundo judío. 
Pero el sello final se puso cuando ñie recibido arriba "en gloria", referencia a su 
ascensión (véase Marcos 16:19), y a su "entronización", dice un comentario, 
revelando "el veredicto del cielo de que su misión había sido cumplida". 

Pero la validación terrenal de la efectividad de la misión de Jesús siempre se 
encontrará en "el misterio de la piedad", "el triunfo de la gracia de Dios sobre 
las fuerzas del mal" '" en las vidas de los seres humanos que se rinden ante la 
cruz. 

Este gran misterio será nuestro estudio y nuestro cántico a través de todos los 
estadios sin fin de la eternidad. Aquel que caminó entre nosotros era Dios en 
carne humana. La contemplación de ese misterio literalmente nubla la capaci- 
dad actual de la mente humana. Nos llena, sin embargo, de una sublime espe- 
ranza, de una ardiente expectación de todo lo que todavía falta por venir. ¡ Qué 
privilegio tener esta confianza! 



The Internacional Bible Commentary, p. 1479. 
'^ Ver Comentarlo bíblico adventista, tomo 7, p. 31 1 . 

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